Sin Black Bloc una manifestación es un paseo

Sin Black Bloc una manifestación es un paseo

Tras las impresionantes imágenes del Black Bloc de Hamburgo nuevamente surgen discusiones sobre este elemento de reacción a la violencia del Estado.
Ciudadanos, movidos por los hilos de la prensa, comentan asustados las escenas de lo que ellos llaman violencia e incluso terror. 

El Black Bloc les asusta, rompe con esa imagen de la protesta ordenada y con permiso de la autoridad. En la sociedad adoctrinada hasta para reclamar hay que seguir las instrucciones del poder. 

El Black Bloc vuelca la mesa en el juego ciudadano, no se somete a la autoridad no pide permiso y ataca los símbolos de la sociedad a la que combate. 

Los cívicos personajes acusan de violencia mientras los ataques de spray y piedras son repelidos con gases, porras, disparos de balas de goma y tanquetas con cañones de agua, armas —que pueden ser mortales— en manos de la policía ¿Esos dóciles no pensantes no perciben la violencia del Estado? Su adoctrinamiento profundo les impide valorar nada por un criterio propio. 

La división entre los manifestantes pacíficos y los manifestantes activos del Black Bloc, generada por la prensa y la opinión pública manipulada por el poder, crea un conflicto irreal e interesado que impide una lucha real y activa contra el Estado. 

Ante la violencia del poder la autodefensa no sólo es lícita, es necesaria. 

Las manifestaciones con permiso gubernativo sólo son visibilizaciones del enfado y la impotencia frente al Estado. Sólo con una espontánea protesta, sin límites y sin frenos, el poder siente que su fin se aproxima. 

El Black Bloc no tiene rostro, no tiene líder. Dentro del Black Bloc tú —un sin rostro— eres cada uno de los que lanzan piedras, rompen escaparates o se protegen de los gases y eres salvajemente libre para luchar y destruir el Estado y los pilares que lo sustentan. 

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Bipolaridad social

Que la sociedad es una construcción abstracta puede parecer evidente, pero que esa construcción obedece a unos parámetros que no son casuales, que buscan un fin y este es mantener a una clase en posición privilegiada, no está claro para todas las personas que viven bajo los preceptos de la sociedad. 

Así partiendo de una clase de privilegios y otra clase sin acceso se construye una sociedad polarizada, una sociedad de bien / mal que moldea a cada uno de nosotros. La sociedad adiestra para que encajemos en esos estrechos moldes y para ello nos encasilla en esos polos opuestos. 

Una vez creados esos moldes genéricos de bien y mal, crea otros adicionales para que cada aspecto de nuestra vida quede dividido e incluso pueda catalogarse como bueno o malo, correcto o incorrecto, logrando unas personas estandarizadas y más fácilmente controlables. 

El fin de la “sociedad” es eliminar individualidades y disidencias creando un comportamiento predecible para que la estructura no cambie y sigamos siendo dóciles sirvientes de los privilegiados. 

La dualidad creada sirve para castigar los comportamientos que no sean adecuados para mantener la estructura, creando un sistema coercitivo y punitivo para sostener la construcción social. 

Stirner dijo en 1844:  “¡Concededme de una vez que el bien no es otra cosa más que la ley, y que la moralidad es igual a legalidad! “, y nada ha cambiado en la construcción social solamente se ha cubierto de disfraces más sofisticados y así en esta sociedad bipolar surge la moral que es la doctrina limitarte que favorece al poder y las leyes que sirven para aplicar el castigo a quien no reconozca ese poder.  

La moral construye las relaciones sociales mediante límites catalogando conductas como buenas y malas, siendo estas aprendidas desde niños sin posibilidad de análisis, sin capacidad para discutirlas y con el castigo como amenaza y resultado en caso de incumplimiento. Premio y castigo nuevamente dualidad, nuevamente ese molde donde encajar. 

Y el adiestramiento va moldeando nuestro ser premiando las conductas deseables y castigando las que desestabilizan el sistema de privilegios. El robo se penaliza cuando pone en riesgo el privilegio de la propiedad pero el Estado tiene derecho a retirarte la propiedad —incluso la propiedad de tu libertad y vida— cambiando el nombre de su acción, llamándolo legislación y justicia. 

Ese entrenamiento al que somos sometidos desde la infancia está tan asimilado en los comportamientos sociales que ya no es necesario que los privilegiados y su máquina de dominación —el Estado— sigan transmitiendo esa dualidad, es el ser social el que transmite, difunde, cataloga e incluso señala la disidencia, habiéndose tornado en un ciudadano policía de la moral, encajando con un sonoro clic en esos moldes cuidadosamente creados para controlar. 

En esa creación de clichés sociales donde inscribirnos para catalogar, controlar y estandarizar tenemos también la creación del género: de lo masculino y lo femenino. En este rol social nos moldean como sujetos divididos incapaces de tener en un solo ser las cualidades y capacidades para una mejor supervivencia, haciéndonos dependientes unos de los otros, alimentando así el mito de la sociedad. 

Esta es la división binaria por excelencia, podría catalogarse en ceros y unos. Un género es cualificado como fuerte y el otro como débil. Teniendo el rol masculino, habitualmente, la posesión de la característica y el femenino la ausencia de la característica. Ese sistema creado muestra lo femenino como incompleto y carente. Una dualidad que permite la creación con las mujeres como ser sometido al hombre. 

Esta creación del género difunde en una escala de mínimas unidades la naturalización de sometidos y de dominantes permitiendo a sujetos sometidos por su clase someter en el rol de género y en el familiar. Así el pobre sometido por el rico, somete a su vez a la mujer y esta relación se reproduce en la familia dando a ambos poder sobre los hijos. 

Mediante la creación de las dualidades bien / mal, premio / castigo, mujer / hombre, dominante y sometido,  la construcción social se ha fortalecido encajando a los sujetos en la matriz, creando un producto. Ese producto, el ser social, no es consciente de su creación artificial y defiende a la sociedad sin analizar cómo esta le ha moldeado y manipulado arrebatando su libertad. 

Es necesario eliminar esas doctrinas morales y esos comportamientos para no seguir construyendo las cadenas que nos atan. 

Estado y sociedad: obstáculos a dinamitar

Estado y sociedad: obstáculos a dinamitar

Muchos reconocemos en el Estado el enemigo, la barrera impuesta para coartar nuestra libertad, para imponer la explotación. Sabemos que el Estado es esa herramienta de dominación que garantiza la propiedad del burgués, nuestra sumisión mediante la coerción. 
Como disuasión ante la insumisión han creado leyes que son mantenidas por los siervos voluntarios: jueces, policías, carceleros y todo el aparato de alrededor. Sin esa colaboración a sueldo, sin esos voluntarios para ejercer una pequeña parcela de poder el Estado difícilmente podría someternos por el miedo al castigo. 

También sabemos que el Estado además es mantenido por nuestra sumisión a sus leyes y financiado con nuestra sangre. Es decir que si nuestra colaboración y sumisión el Estado no sería más que una estructura intelectual,  sin entidad para ejercer el poder. 

También tenemos la posibilidad, mediante la colaboración, de obtener unas migajas del Estado. Y esas migajas llegan a cegar a los buenos ciudadanos que obtienen lo que ellos sienten como una recompensa. Al igual que el animal domado puedes obtener un castigo, un pequeño premio según sea tu comportamiento adaptado al sistema o no. La recompensa utilizada siempre como método de sumisión voluntaria. 

El Estado es una droga, es decir es la mascarada de supuesta bondad con el obediente que genera dependencia. Es una dependencia de esas migajas a las que llaman derechos y si esto falla siempre quedará el miedo a perder esas pequeñas bondades. 

Esos derechos que exigen que sigamos manteniendo a ese estado que nos “protege” y con obediencia le damos nuestra sangre. El Estado de bienestar es esa droga que no se discute. Es la droga que reclamas que crea síndrome de abstinencia y que hace salir a lloriquear para pedir que no nos la quiten. 

Como si en realidad fuera necesario un Estado para ser y vivir plenamente. 

Es esa necesidad creada que mantiene la maquinaria, la justifica y hace apelar a la democracia, ese menor de los males con muchos defectos que todos deberían de ver. La democracia es marketing que vende un producto que es sólo fachada. 

A pesar de esa magnífica propaganda cada día somos más los que vemos la farsa de la democracia pero aún siendo conscientes de ello millones acuden a las urnas para legitimizar la democracia, las leyes en suma legitimar la violencia del Estado. 

Lo que es tan claro del Estado deja de serlo con la sociedad. Una herramienta mucho más sutil para mantenernos bajo control. 

El poder utiliza la sociedad como un virus, inocula la sumisión en los sujetos desde la infancia a la tumba, reproduciéndose y utilizando a los sujetos como repetidores de los valores y reglas. 

El individuo anulado por las distintas creaciones de la sociedad es sometido de tal manera que lo ve como estado natural. No puede verlo de otra manera ya que la sociedad penetrante en el de forma natural, aprendida y asimilada como algo tan natural como el comer, el dormir o el cerrar el esfinter. 

Desde la unidad familiar, pasando por colegios, asociaciones y trabajo se van encadenando las reglas, la moral y las obligaciones. Lo que aprendemos de la sociedad — el premio y castigo a nuestras reacciones— lo utiliza el Estado para ejercer la dominación. Los sujetos adiestrados por la sociedad trasmiten mediante la moral heredada la cadena de sumisión 

Todo ello acaba construyendo lo que se denomina falsamente como individuo social ya que en realidad se ha creado por dependencias. El individuo social no pone en practica solo un rol social-sino mezcla justos muchos roles que crean la armadura de carácter que se la confunde con la “individualidad”. Ese individuo así construido encaja perfectamente en los moldes dando una falsa sensación de libertad y de creación de un “único” voluntario que en realidad obedece a los premios y castigos recibidos. Es el individuo social una creación de la sociedad moldeado para su disposición y uso. Una especie de narciso que se mira en el espejo de lo social y aprecia la perfección que no es otra que el encajar perfectamente en el molde de lo previsto para él. 

Ese individuo social solemente llegará a ser único cuando analice y descarte esa construcción que han hecho de él. La lucha del individuo para obtener la libertad tiene al menos dos frentes: la destrucción de la sociedad y con ello la destrucción de los Estados. 

La sociedad es domesticación, la transformación de los individuos en valores de uso y del libre juego en trabajo. 

La lucha para transformar la sociedad es siempre una lucha por poder, debido a que su objetivo es el obtener control sobre el sistema de relaciones que es la sociedad. 

Cuestionar la sociedad sin querer eliminar los factores sociales como familia, roles, moral y obediencia es una simple reforma. 

Esta reforma no lleva a la emancipación del individuo, solamente lleva nuevas cadenas que incluso pueden llegar a ser más pesadas que las que ya cargamos. 

LA ANARQUÍA NO ES UN PASATIEMPO

LA ANARQUÍA NO ES UN PASATIEMPO

¿Por qué hoy en día un gran número de anarquistas únicamente se dedica a pedir derechos y mendigar dignidad?

Esta es una pregunta que me asalta con demasiada frecuencia últimamente y una y otra vez, de manera constante y por muchas vueltas que le dé al problema, la respuesta que asoma de mis labios es siempre la misma: miedo. Luego, al recapacitar sobre la respuesta vislumbro otra posible solución más concreta, más específica, no tan etérea como la palabra «miedo» y es que: no hay anarquistas. Esa sí es la respuesta correcta. Hay un número muy limitado de verdaderos ácratas luchando por vivir en libertad o al menos intentando llevar a cabo tan ansiado propósito. Un individuo que se considere a sí mismo anarquista no puede ni debe tener miedo a vivir según sus ideales y su ética ya que hacerlo sería manchar el nombre de todos aquellos que murieron por defender La Idea. Excusarse en el miedo para no vivir al margen de la sociedad, de su justicia y sus leyes es vergonzoso y un acto de cobardía por muchas excusas que se me pongan delante.

Sería pretencioso por mi parte decir que tengo la poción mágica para contrarrestar este mal ya que dicha solución únicamente se encuentra en poder de cada individuo. Tampoco la búsqueda de un remedio a dicho problema es el propósito de este texto. Lo que sí pretendo es abrir los ojos de los compañeros para poder desenmascarar a todos esos falsos anarquistas, señalar a esos gurúes que pululan por Internet gracias a las nuevas tecnologías, a las redes sociales, a los blogs y demás plataformas virtuales y que se alzan como únicas voces autorizadas dentro del movimiento. Nuestra lucha contra este anarquismo de consumo tiene que ser feroz y brutal.

Tomemos el ejemplo que nos ofrece Internet. La web se ha convertido en el centro, casi único se podría decir, de la discusión política, no solo en este país sino en prácticamente todo el mundo. El parlamentarismo es un nido de corrupción que funciona a base de favores y prebendas, los movimientos sociales solo buscan mejoras —de trabajo, de vivienda, etc.— dicho de otro modo, las migajas que el sistema regala con cristiana caridad.

Gracias a las redes sociales el flujo de información es constante y, lo que es más importante y a la vez más dañino, a una velocidad de vértigo. Lo que se creía como un arma para debilitar al sistema es en realidad un arma para mantener a las personas perdidas en un laberinto de colores llamativos. La masa de borregos ha vuelto a picar y ya disfruta de dos prisiones, su vida real y su vida virtual. ¿Hasta qué punto nos puede afectar la fusión de ambas vidas? No hay que ser muy docto en psicología para darse cuenta del peligro que acarrea perder el contacto con la realidad al quedar subordinado al falso enriquecimiento que aporta la vida virtual.

Hoy en día por la red circula una abrumadora hueste de «teóricos anarquistas». Las redes sociales parecen cumplir la función antaño asignada a los dioses. Esa «mágica» capacidad de convertir en «profeta» a cualquiera que dispusiera de un altillo, voz potente y una nutrida colección de consignas morales, hoy la suplen estas plataformas encumbrando a quien disponga de un dispositivo electrónico que le permita mandar un eslogan ambivalente en ciento cuarenta caracteres. No importa lo que se diga. Da igual si el que suscribe esas arengas no vive según lo que predica. Quién se va a enterar de que soy un impostor si mis «fans» viven a kilómetros de distancia. Las redes sociales son un reflejo prístino de la sociedad en la que vivimos. Aparentar es lo realmente importante. A estos «teóricos de la anarquía 2.0» no les interesa despertar las mentes ni que se abran nuevas posibilidades de lucha. Lo único importante para ellos es simular y presumir. La vanidad y el egocentrismo crecen con fuerza al ver cómo aumenta su manada de aduladores y pelotas, de llorones y victimistas, en definitiva, de borregos sin amor propio y con una misión única en la vida: ser la carnaza perfecta para estos nuevos gurúes de la autoayuda. Sí, un poder de esa magnitud es difícil de rechazar, ¿verdad?

Ese es el panorama actual en la red pero, y ¿cuál es el paisaje en la calle?

No tengo razón alguna para ser más optimista en esta cuestión. Las calles están vacías. Una trampa —típica de trilero, por cierto— en la que se cae mucho en las redes sociales es hacernos creer que somos muchos y que estamos preparados para una «revolución social». La hostia que te da la decepción si no estás preparado es salvaje, esto es un hecho palpable. La lucha obrera y sus sindicatos están muertos. El anarcosindicalismo tiene en la CNT una organización férrea y jerarquizada que reproduce viejos hábitos contra los que dice luchar. Los movimientos sociales están totalmente institucionalizados y el daño que ha hecho el 15M a la movilización espontánea en las calles ha sido devastador. ¿Qué nos queda? Las asambleas de vecinos en los barrios, hay pocas pero las que están se mantienen vivas aunque su lucha poco o nada tiene que ver con la anarquía, no buscan una confrontación contra el Estado, se trata más bien de una batalla por la supervivencia. Bravo por ellos. Luego tenemos los centros sociales que según lo que yo observo se limitan a realizar una actividad cultural y de ocio. Parece que la liberación de espacios, al menos en los últimos años, se está volcando en los suburbios que presenten un movimiento vecinal medianamente fuerte para así tratar de lograr el apoyo de las gentes del barrio, colaboración que me parecería magnífica si detrás de esa marea popular no se ocultara el oscuro objetivo de lograr la legalidad por parte del Estado para mantener esos centros sociales en funcionamiento. Ciertamente no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que tras esos colectivos se esconden ciertos elementos desestabilizadores, todos sabemos que hay policías y fascistas infiltrados, pero me refiero a esos personajes más cercanos a la mal llamada democracia participativa que a la anarquía y cuya única misión es desarticular y torpedear la lucha para poder ponerse a cubierto bajo el paraguas de las instituciones. No critico estas luchas pero estoy convencido de que tanta organización y repetición de roles y formas de creación paralelas al sistema, cuando no imbuidas por él, se alejan mucho de mi visión de la anarquía.

Para finalizar, me gustaría decir qué es lo que yo echo en falta:

Echo en falta individuos. Tenemos una carencia significativa de individuos que piensen por sí solos y que vivan por y para sus ideales. Los anarquistas son aventureros por naturaleza, necesitan experimentar en primera persona, viajar para conocer gentes nuevas y culturas diferentes. Se desplazan buscando siempre una nueva lucha a la que aportar su granito de arena. Se mueven sin descanso con la finalidad de encontrar afines con los que colaborar, trabajar, crear, en una palabra «vivir». Sin movilidad, el anarquista se marchita.

Echo en falta mucha más praxis. Los anarquistas tienen que llevar a la práctica y aplicar toda la teoría de la que se nutren. Hay que okupar una y otra vez sin descanso y en cualquier rincón de este puto planeta. Hay que expropiar al Estado, al rico, al burgués, al patrón y a todos sus cómplices. Hay que sabotear a las fuerzas represoras del Estado y la propiedad privada que defienden como perros. En definitiva, atacar sin piedad todas las infraestructuras que mantienen en funcionamiento este asqueroso y podrido sistema.

Echo en falta, en definitiva, coraje. Hay que desprenderse del miedo, tanto el individual como el adquirido a través del grupo, el pánico colectivo es el más peligroso. La obsesión por crear una «sociedad anarquista» coacciona al individuo y le paraliza con un terror atroz que le impide vivir la anarquía y mientras no se quite el disfraz, rompa con todo y se lance a vivir según su ética y su coherencia no será más que un proyecto que en lugar de crecer se diluye atrapado en el sistema. Los anarquistas no le temen a nada ni a nadie. Nada de lo que he dicho anteriormente es una utopía. Si yo puedo hacerlo, también puedes tú.

hoboHobo, julio 2016

Complejos de la izquierda 

Complejos de la izquierda 

Farsantes

Dicen que luchan contra el Estado, que no tienen Dios, ni amo pero su ceguera no les deja ver que tienen un amo al que no rechazan y llaman sociedad. 
La sociedad les ha instruido de manera tan profunda que no se plantean que les ha impuesto unas reglas que llaman moral, que esas reglas las ha transformado en leyes. 

Así como no ven esa imposición como tal y la transforman en leyes naturales indiscutibles siguen apoyando y propagando la doctrina. No ven su origen ya que viene desde las antiguas religiones al servicio del poder hasta la actualidad. Incluso llegan a pedir el cumplimiento de esas leyes admitiendo así el dominio que dicen odiar. Critican tanto las acciones como las palabras,  como nuevos sacerdotes de la moral. 

Estos progres, izquierdistas o anarquistas integran y abrazan la propaganda moral adquirida mediante la socialización adoptando esos conceptos y haciendo de ellos sus luchas, de esta manera aceptan la presión moral de la sociedad asumiendola como suya y cayendo en la crítica de quién no acepta esos preceptos. 

Sacralizan los COLECTIVOS como mito social, negando cualquier posibilidad de lucha individual incluso lanzando fieras críticas hacía las revueltas y acciones insurreccionalistas. Ven la revuelta como un enemigo latente que pone en riesgo su sueño de reforma social. 

Los colectivos tienen su razón de ser en la eterna lucha, ellos se hacen paladines del “bien” tomando el concepto moral de la sociedad sistémica, y en realidad la manida revolución aplazada sine die solamente visa una reforma, un lavado de cara ya que no discute las bases de ese sistema: la sociedad y sus leyes morales que solamente son adaptadas a los deseos “revolucionarios” de los colectivos. De esta manera los colectivos en realidad garantizan su existencia ya que no quieren la destrucción del sistema solamente una adaptación “más humana”. Así, los colectivistas entienden la sociedad como un instrumento que protege a la persona y a su vez —y a cambio— la persona debe servir obligatoriamente a la sociedad estableciendo una dependencia que en realidad no discute la estructura y solamente la transforma ligeramente. Se sigue hablando de derechos —con permiso del Estado/sociedad— y de deberes que son obligaciones inexcusables,  eliminando la autonomía del individuo.

Esta asunción de la sociedad colectiva permite un discurso conocido a oídos adiestrados y a mentes no deseosas de autonomía. El nuevo / viejo amo al que servir disfrazado de un fin común. 

La identificación del sujeto con un colectivo le da cierta sensación de seguridad y potencia que no siente por sí  mismo al sentirse débil para enfrentarse a la dureza del sistema. Esa debilidad ha sido aprendida desde la infancia, impuesta la necesidad de socializar sometiendo las necesidades individuales a los objetivos del grupo. 

Como sujeto débil prefiere atarse a objetivos que sabe que no puede alcanzar y que son “moralmente” superiores. Así el colectivo permite seguir atado a esa seguridad que da el enfrentarse con lo conocido de forma negativa y no partir hacía la creación de nuevas vías desconocidas que estén al margen del sistema. 

Solamente matando esa moralidad recibida mediante el adoctrinamiento se puede llegar a analizar sin ideas preconcebidas, sin embargo la izquierda arrastra esa lacra adaptándola y así erigiéndose en guardián y juez de la verdad y moralidad. La izquierda desea eliminar la disendencia de la misma manera que el resto del sistema. 

El individuo anárquico se debe a sí  mismo y en su lucha por la libertad y en contra de la opresión no tiene más objetivo que alcanzar esas metas, luchando sin tregua ni descanso contra la opresión y los farsantes que colaboran con ella. 

Kuro 

Julio 2016

Una Fémina

Una Fémina

Renzo Novatore

[ publicado en “il Proletario”, Pontremoli, a.I, n.1., 5 junio 1922, pp. 1-2 ]

Je t’aime surtout quand la joie

S’enfuit de ton front terrassé;

Quand ton coeur dans l’horreur se noie;

Quand sur ton présent se déploie

Le nuage affreux du passé.

Charles Baudelaire – Fleurs du mal

Yo soy un poeta extraño y maldito.

Todo lo que es anormal y perverso ejerce sobre mí una fascinación morbosa.

Mi espíritu-mariposa venenosa, que parecía divino, se siente atraído por los aromas pecaminosos que emanan de las flores del mal.

Hoy canto a la belleza perversa de una “Fémina”, de una Fémina nuestra que no he poseído nunca y jamás poseeré. Ella camina ahora sin nombre, olvidada e ignorada a través de las ventiladas vías de la vida con un dolor tan oscuro y profundo encerrado en el corazón que la alza por encima de la Mujer y la vuelve divina.

Esta gran flor del mal – contaminada y contaminadora – encierra aún en sí misma una pureza humana capaz de sublimar toda una vida y divinizarla.

¡Fémina!

¡Sí, tal vez! …

Alrededor de su nombre circula una leyenda extraña. Dice que su bello y pecaminoso cuerpo espasmó en los brazos de vagabundos y ladrones, de noctámbulos y poetas, de rebeldes y de héroes…

Todos los monstruos de la noche conocen los voluptuosos secretos de su carne blanca…

Todos los sedientos de amor han bebido sus besos…

Por dondequiera que Ella ha pasado ha dejado corazones heridos y almas sangrantes, carnes llorando y espíritus en revuelta …

Porque Ella, la Loca, fue – como el poema de Zaratustra (1)  – un Arpa dionisíaca de placer para todos y para nadie …

Mientras su cuerpo trémulo y pecador yacía envuelto en voluptuosos espasmos en la cama del amor arrollado en los abismos de la gran entrega, su espíritu inquieto, nómada y rebelde, vagaba por las inmensas regiones del infinito para dar cuerpo y forma a un intocable sueño etéreo. Su alma enferma de soledad y lejanía no se dejó arrastrar por la fiebre espasmódica de la insaciable carne.

Ella no amó más que a sí misma …

*

Alguno de entre los que estrecharon entre sus brazos el cuerpo fragante y perverso de esta “Fémina” blanca, lanzó en su seno – por desgracia fecundo – los gérmenes mortales de otra infelicísima vida. La “Fémina” bajo el mandamiento fundamental de la naturaleza se convirtió en Madre. Y la sociedad que fue injusta, vengativa y cruel con la Fémina, lo fue también contra la Madre y contra el mismo niño. Él – solo e impotente – fue lanzado a la inmensa tormenta de la vida preso de la más triste soledad material y de miseria y de desesperación.

La madre, sola, escarnecida, perseguida, maldita, humillada.

Él, triste y melancólico. Hijo de una víctima, fue víctima prematura a su vez.

*

Fijo la mirada en el alba misteriosa de este alma de Fémina extraña para recoger los restos dispersos y reconstruir el secreto.

Sé que en virtud de la alegría dionisíaca de estas criaturas perversas y despeinadas, fluye casi siempre un delgado hilo de mística melancolía …

A través de mi poética fantasía reconstructiva la veo virgen adolescente cuando la primera vez el sol caliente y perverso del deleite y el placer penetró como un cuchillo de oro en sus carnes latentes de deseo, haciendo resonar en su alma el grito irresistible de la juventud exuberante:

¡amor, amor, amor!

Ella se concedió al primer abrazo del amor, y desde ese día su cuerpo blanco fue un Arpa de voluptuosidad, un poema de placer presa de las llamas paganas; un himno de embriaguez cantado más allá del bien y el mal, donde los espíritus libres celebran el rito iconoclasta a la alegría del vivir humano.

Pero bajo la alegría dionisíaca de esta criatura perversa y despeinada corría un delgado hilo de mística melancolía.

Un día – tal vez uno de esos días tristes que las estrellas en medio de fuerzas ocultas y magnéticas preanuncian al ser la oscura fatalidad del propio destino – en una calle repleta de gente de un pueblo o de una gran ciudad ruidosa tres o cuatro disparos de pistola retumbaron de forma siniestra.

Un adolescente pálido llegado al horrendo culmen de la más trágica desesperación antes de caer exhausto y vencido en el lodo de la calle quiso hacer oír el profundo retumbar de su protesta a la insensibile humanidad que todo ignora.

Algo trágico y triste.

Junto a un miembro de la culpable humanidad cayó un compañero de reivindicación.

Quién era al pálido adolescente que convirtió su delgada mano de lirio blanco en garra vengadora?

El hijo de la Fémina rebelde: de la emancipada.

*

Con la trágica anunciación, la Fémina perversa se plegó sobre sí misma como un melancólico sauce llorón bajo el ensañamiento del huracán y se purificó en el gran dolor de la madre herida de muerte en el más íntimo, secreto y querido de todos sus afectos!

Esa voluptuosa flor del mal lavó su alma, tal vez impura, pero hermosa, en el divino y bendito rocío del llanto, y se convirtió en flor de lirio y belleza pura e incontaminada.

Esa alma suya insensible que quizá nadie poseyó enteramente, estaba reservada para recoger el gran dolor que el mismo hijo de sus entrañas le traería para vengarla, mientras se vengaba.

*

La “Fémina” despeinada y alegre es hoy la Madre solitaria que encerrada en el círculo de su propio dolor, muda y trágica como una impenetrable esfinge camina sin nombre a través de las venenosas calles de la vida, tal vez para perdonar, tal vez para maldecir …

La furibunda Anarquía de su libre instinto se fusionó con la sensibilidad refinada de su nuevo sentimiento de madre, y de la condensación de estos dos elementos profundamente humanos debe ahora resplandecer una espiritualidad tan fascinante como para irradiar las constelaciones más desconocidas del sufrimiento humano.

¡Yo abro la boca hacia lo desconocido y llamo a gritos a esta Fémina-madre para saludarla con el nombre de hermana!

¿La “mujer”?

¡Qué me importa de ella!

Esta Fémina vive hoy por encima de ella: en una cumbre más alta.

Yo amo a las criaturas despeinadas y alegres bajo cuyo dionisíaco paganismo siempre fluye un hilo delgado de mística melancolía. Y las amo más cuando sobre su presente se extiende la horrible nube de todo su pasado …

TradAX

Invierno 2015

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NOTAS

1 Canción de la Melancolía en Así habló Zaratustra, IV parte, de F. Nietzsche.Quizá era una aurora templada y rubia, quizá se trataba de un crepúsculo rojo.

 

 

Moral – Comunidad – Individuo

Moral – Comunidad – Individuo

Todos los días vemos la utilización del término “moral” como algo indiscutible, como algo que hace parte de la humanidad y como tal debe ser defendido y usado como arma y escudo.

Pocos nos paramos a pensar de dónde sale la moral, si esta es inmutable a lo largo de la historia o si lo que es moral para una sociedad lo es igualmente para cualquier otra.

También hablamos de sociedad como una única masa, un ente y no una construcción imposible compuesta por unos individuos no homogéneos y por tanto un artefacto cuyo único fin es controlar y dominar de una forma más eficaz para la construcción de una “comunidad”.

Así encontramos a la moral y a la sociedad íntimamente ligadas.

Como dijo Nietzsche en Humano, demasiado humano : “ Ser moral, tener buenas costumbres, ser virtuoso, quiere decir practicar la obediencia a una ley y a una tradición fundadas hace mucho tiempo”. Así que las leyes y las costumbres crean y difunden la moral, que cambiará a lo largo del tiempo y del espacio, encontrando que conductas pueden ser morales o no dependiendo de si hay una guerra y el Estado nos permite matar, si la ley permite apedrear a la adúltera o es costumbre comerse al misionero.

Todas las conductas morales buscan un fin y este es calificar y fomentar unas conductas como deseables y otras como indeseables. Así lo bueno es ser moral y lo malo ser amoral.

Las virtudes y defectos construidos por la sociedad son el direccionamiento de lo permitido y lo prohibido por las clases dominantes, esos aspectos que se quieren premiar por ser una sumisión al grupo –siempre bajo el dominio del poder– serán los correctos moralmente.

Como ejemplo, la defensa de la propiedad se transforma entonces en moral penalizando el robo y así el Estado como principal propietario y la burguesía tienen sus “derechos” garantizados contando con la fuerza de la moral aprendida desde la infancia y las leyes como refuerzo para quien intente escapar de ese yugo moral y la violencia del Estado para quien lo logre.

Las clases dominantes no se deben a los valores sociales impuestos a las clases dominadas. En algunos casos actúan al margen de la moral y en el caso de que las leyes lleguen a afectarles siempre es de la forma más suave para hacer creer que la “ley es igual para todos”, como dijo recientemente un anacrónico rey, ejemplo de cómo la clase dominante utiliza las construcciones morales para que las bajas le premien con más reconocimiento y más sumisión voluntaria.

Si alguien pensó que en la «desarrollada» sociedad occidental del siglo XXI ya no se hablaría de moral porque ya fuéramos capaces de distinguir cuán profunda es la dominación a la que se nos somete como individuos en esta concatenación de corsés que son sociedad, familia, leyes, etc. –todas ellas manifestaciones del poder– se equivocaba: hoy no es difícil encontrar sujetos –incluso anarquistas– predicando acerca de la moral, sin cuestionar desde dónde ha sido impuesta ni para qué, y actuando como buenos y obedientes ciudadanos sin medir las consecuencias de esa aceptación de la moralidad.

Algunos “valores” como la humildad son obligatorios para el dominado y, en caso de ser mostrada por el dominante, se transforma en una cualidad a resaltar y a admirar por todos. La piedad y la compasión no son más que sentimiento de superioridad moralmente fomentado, la lástima por quien sitúas por debajo. Considero entre los peores la caridad, que es ejercida para obtener el reconocimiento del entorno, y que también ofrece una sensación de superioridad sobre quien la recibe. Se basa en una situación jerarquizada y su práctica solamente refuerza esta pirámide estableciendo más y más escalones hasta llegar al desposeído. El que ejerce la caridad espera reconocimiento en base a ella, aunque no lo confiese obtiene su dosis de ególatra satisfacción reforzando al mismo tiempo esos «valores morales» que rigen los propios fundamentos del sistema de adiestramiento social que llamamos «educación» y del entorno público creado con semejantes mimbres.

Podría seguir así con la culpa, que es la reprobación moral hacía el incumplimiento de las leyes y costumbres.

Valorar qué parte hemos aceptado de esa moralidad impuesta por la educación a la sumisión al sistema es lo que permite una ética personal: esa creación del individuo que consciente de lo que es y de lo que quiere ser resume en ella un modo propio de actuar frente a sí y frente a los otros individuos.

Buscar el reconocimiento de nuestras actuaciones es necesitar el apoyo de la masa. Nos debilita.

Evidentemente nos agrada encontrar el apoyo y la afinidad pero no debería ser un objetivo.

Si se busca la afinidad huyendo del conflicto se antepone la moral del grupo al individuo.

Buscar la aprobación de la mayoría te encadena a la moral aprendida y aceptada por la construcción social impuesta por la clase dominante. Es necesario estar dispuesto a obrar de una manera inmoral rompiendo con lo impuesto y lo aprendido: ver qué es lo que quieres conservar, qué es lo que quieres quemar y construir tu ética.

Matar al juez moral que implantó en ti la sociedad y la educación es el primer paso para realmente ver con ojos libres qué quieres ser y hacer, sin la coacción de las leyes. No juzgar y no permitir que te juzguen con esos valores.

Aborrecer la modestia, ver el robo como un medio de distribución, no ejercer relaciones que tengan por objeto mantener la dominación con la coherencia del que no quiere ser dominado, ejerciendo la empatía siempre siendo consciente del peligro de caer en la autocomplacencia de esa búsqueda de aprobación, del placer de ser aprobado por la masa debilitadora. Analizar hasta qué punto se está ejerciendo un apoyo horizontal o se está estableciendo una relación de poder contaminada por la necesidad de obtener placer o beneficio con ella, disfrazando la caridad de apoyo mutuo.

Huir de las relaciones de poder que debilitan a los individuos, tanto al que la ejerce como al que la tolera es trabajo de construcción de una ética anarquista, es especialmente importante porque en caso de no hacerlo se cae en una nueva construcción social que sustituye la moral sistémica por una supuesta moral anarquista en la que no se busca a individuos que desarrollen sus potencias, únicamente se sustituyen unas relaciones de dominación por otras en las que los individuos más débiles siguen sometidos, en este caso al supuesto “bien común” inexistente –de la misma manera que no tenemos los mismos potenciales no tenemos las mismas necesidades por lo que un supuesto bien común se obtiene de un mínimo denominador que atenta contra la libertad individual.

Así, librarse de la moral debería ser el primer paso necesario para la creación del individuo y de su ética anarcoindividualista.

Kuro
Primavera 2016